El estadio que era atravesado por un tren en pleno juego y otras curiosidades

Por Joaquín Villamizar Baptista

Historias del Diamante


Hoy vamos a hablar acerca de curiosidades y anécdotas referentes a estadios de beisbol. 
¿Sabían ustedes que un tren atravesaba el campo de juego de un parque en pleno juego, y había que parar el encuentro? 

Este relato, comienza una noche de 1975. El comentarista e historiador de beisbol Juan Vené estaba cubriendo el playoff de la Liga Mexicana de Beisbol entre los Alijadores de Tampico y los Cafeteros de Córdoba, en Veracruz. El escenario estaba repleto.

Había corredores en primera y segunda, las carreras del empate y de la ventaja, con dos outs y el bateador en 3 y 2. De repente, ¡el sonido estridente de un tren se escuchó en todo el ambiente! En seguida, el chief umpire, levantó los brazos y gritó: “¡Tieeeeempooooo!”. 

Los hombres dedicados a los servicios en el parque corrieron hacia la esquina del rightfield y abrieron una doble puerta. Los peloteros, los seis árbitros y los millares de espectadores miraban hacia aquel recodo de la derecha.

El manager de los Alijadores, Benjamín “El Papelero” Valenzuela, salió del dugout con un salto para ver mejor ese espectáculo adicional. Era el sonido de las ruedas metálicas sobre los rieles. 

Por la ancha puerta mostró su nariz brillante una locomotora que no arrastraba vagón alguno. La mayoría del público, por supuesto, estaba compuesta por nativos de Tampico y ellos sabían bien lo que ocurría.

Durante muchos años, habían visto detenerse los juegos para el paso de estas máquinas, pues la locomotora iba en línea recta hacia la segunda base, quizás un poco más atrás de esta, pero más adelante de donde jugaba el centerfield. Como si se deslizara sobre la grama, en vez de rodar encima de los rieles… ¡todo esto en el campo de juego! 


En su marcha, buscaba el extremo cerca del poste de fair del leftfield. Allá habían abierto otra puerta doble y por ella salió del campo ese monstruo metálico, mostrando su parte trasera a la concurrencia, como si dijera: ¡Gracias y hasta luego!”. 


El umpire, echó un vistazo, para ver si los dos portones estaban ya cerrados, y cantó: “Plaaaayball!”. Se volvió a escuchar la bocina del tren a lo lejos… Ovación general y se reanudó el juego.

Roberto Castellón Yuen era el segunda base de los Alijadores esa noche. El periodista venezolano, conversó con él sobre el fenómeno del tren en el estadio y el pelotero le dijo:

“Durante mi carrera jugué numerosas veces en Tampico y jamás vi que los rieles estorbaran ni que alguna pelota se desviara o que un pelotero tropezara, nada. Pero no digo que no ocurriera alguna vez, sino que yo no lo vi”. 


Entre los participantes en aquel playoff del 75 estaba Héctor Espino, quien jugaba en primera base por Tampico. El shortstop era el cubano Manny Crespo y Víctor Ramírez estaba en tercera base. 

“Esa área de foul por el leftfield era la de los talleres del ferrocarril y por eso llevaban las máquinas sin vagones para darles mantenimiento y/o repararlas”, le contó Castelón a Vené. También le dijo: “Era algo que estaba ahí, que uno veía, pero que no parecía ser verdad”. 

Por cierto que el escenario ya no existe ni hay béisbol profesional en Tampico. Todo ese terreno donde estaba el estadio es ocupado por los talleres ferrocarrileros. 


Aquel año de 1975, hay que agregar, los Alijadores se titularon campeones al vencer a los de Córdoba en 5 juegos durante esa Serie Final. En el encuentro del título, Espino bateó de 5-5, incluidos jonrón, dos dobles, par de sencillos y tres carreras impulsadas, con pizarra de 5-3. 

Otro parque que tiene anécdota es el de los Tigres de Aragua, el José Pérez Colmenares de Maracay. Lo terminaron de construir en 1965 y para la inauguración llevaron a la capital aragüeña una selección de beisbol aficionado estadounidense a fin de enfrentarla, en una serie de tres juegos al máximo equipo no profesional de Venezuela. 

El día anterior al primer juego, los organizadores decidieron invitar a un grupo de periodistas a ver el nuevo parque. Los llevaron caminando por las tribunas, mientras explicaban las maravillas de la casa. Entre los periodistas (aparte de Vené y otros),estaba Herman “Chiquitin” Ettedgui, estudioso de las reglas del beisbol, observador y crítico sublime. Y él lanzó de pronto una pregunta que dejó a todo el grupo inmóvil: “Óiganme, ¿y dónde está la lomita de lanzar?”. 


¡El infield era un plano absoluto! La protuberancia reglamentaria no se veía en su sitio… ¡no existía! El constructor del sitio era un italiano que, con orgullo, había explicado y ponderado las virtudes de su obra. Estaba sorprendido y replicó con otra pregunta, mientras movía las manos: “Maaa… ¿qué lomita?”.


Hubo que explicarle al orgulloso constructor nacido en Italia cómo era necesario para el beisbol tener un montículo en medio del campo interior. Afortunadamente, alguien consiguió un libro de reglas y el morrito fue preparado en una noche, porque al día siguiente era a la inauguración y sobre ese montículo aparecería Andrés Quintero, quien era el más notable lanzador aficionado de entonces en Venezuela. 

Algo parecido ocurrió en Barquisimeto. El estadio de Cardenales fue inaugurado en el invierno de 1969. La obra era por esos días la máxima novedad de la zona. Por eso, horas antes de la inauguración, como habían hecho en Maracay, llevaron a un grupo de periodistas y a algunas personalidades del beisbol para mostrarles lo que habían hecho.

Desde lo alto de la tribuna principal observaban todos el panorama del campo de juego. De repente, Luis Aparicio padre, “el Grande de Maracaibo”, lanzó una pregunta ingenua: “No le hicieron puertas grandes al estadio allá abajo, ¿no?”. “¡No! Creemos que no hacen falta para nada”, respondió uno de los autosuficientes anfitriones. 

Luis, el viejo, seguía mirando hacia el campo y entonces hizo otra pregunta que resultó cruel. “Bueno, ¿y por dónde van a sacar aquel camión que está en el leftfield?”. Con carácter de urgencia tuvieron que abrir a mandarriazos una puerta por el rightfield, la cual todavía, 51 años después, sigue siendo la que sirve a ese parque. 

También en Carolina, Puerto Rico, nada menos que la ciudad en dónde nació Roberto Clemente, se oyó una tarde decir: “Pero bueno, ¡aquí falta algo! Es que iban a inaugurar el escenario de beisbol más nuevo de la Isla del Encanto, a finales del siglo XX, bautizado precisamente con el nombre de Clemente. Pero habían olvidado hacer los bullpens. Tuvieron que construirlos a última hora, por supuesto que a la carrera. 

Esa casa de beisbol, que costó 150 millones de dólares, está al revés; es decir, el home lo instalaron en el área donde debería estar el centerfield, según la regla 1.04. ¿Resultado? Que en los juegos vespertinos, el sol entra de frente en los ojos del bateador, del catcher y del chief umpire, disminuyendo la visibilidad de estos. 


Bueno, esa particularidad está vigente en tres parques de Venezuela: el de Valencia, el de Puerto La Cruz y el de La Rinconada. 
Es historia, amigos.


Joaquín Villamizar Baptista
Fuentes: Las Mejores Anécdotas del Beisbol, por Juan Vené. Cinco Mil Años de Beisbol, por Juan Vené.

Revisa aquí el archivo de columnas de Joaquín Villamizar.

Héctor Espino, durante su época con Alijadores y el parque con las vías del tren.

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