¿Y qué torneo es el que se juega en Panamá?

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Por Ignacio Serrano

elemergente.com

El saludo en el aeropuerto no fue esperanzador. Mirando con sorpresa al grupo que se agolpaba en inmigración, una funcionaria panameña preguntó: “¿De dónde vienen? ¿Son un equipo de qué?”.

La respuesta no sacó una sonrisa a la agente. “¿Y qué es la Serie del Caribe? ¿Qué deporte dijo que era?”.

Hay razones para entender el desconocimiento de la dama y de sus colegas. Diez días es muy poco tiempo para hacer que la realización del torneo cuaje pueblo adentro y los medios de comunicación que hemos visto le dan una cobertura suficiente, no clamorosa, a la competencia regional.

El Clásico de Febrero está organizado en buena parte por venezolanos. Porque algunas de sus empresas se encuentran aquí y debido a su experiencia en las ediciones de 2010 y 2014, realizadas en Margarita, los dueños de los Bravos ha aportado gerentes altos y medios para apoyar en áreas tan disímiles como logística o prensa.

Mientras Cardenales se entrenaba en Barquisimeto, Yves Hernández y parte de su oficina ya se encontraba en esta urbe que mira al océano Pacífico, preparando a marchas forzadas la justa.

No hay grandes vallas ni pancartas en las calles. Todavía flamean las banderas del Vaticano, fijadas en centenares de postes a propósito de la reciente visita del papa Francisco.

De haber tenido más tiempo para preparar la competición, posiblemente abundarían los saludos a las delegaciones visitantes y la publicidad con la imagen del evento. Es lo que, amarga paradoja, aún puede verse en las calles barquisimetanas, la sede original de esta ocasión.

Hay movimiento, sin embargo, así como quejas y temores alrededor de lo que puede traer una mudanza tan abrupta con destino a una nación donde el beisbol profesional no es rey.

El estado del terreno, los palcos y otras áreas del estadio nacional Rod Carew arrancó críticas iniciales, así como la acreditación de los medios de comunicación y las facilidades para transmitir.

Esta vez no hubo, porque era imposible, visitas de la Confederación del Caribe para constatar los avances del Comité Organizador, las luces, la grama, el cuadro. Aquellas inspecciones se dieron en el Antonio Herrera Gutiérrez, hasta que arreció la crisis social, política y económica que sufrimos desde hace años en nuestro atribulado país, llevando a las ligas de México, República Dominicana y Puerto Rico a pedir que se buscara una sede diferente.

Sin inspecciones posibles, y al no preferir un sitio en pleno funcionamiento (alguna ciudad quisqueyana o azteca, como se intentó), quedó la resignación de esperar que las cargas torcidas se enderecen al transitar la ruta.

Así pasó en el aeropuerto. La misma funcionaria que compartía con sus colegas el desconocimiento supino sobre el torneo que estaba por comenzar informó a 10 miembros de la delegación que debían ir a un cuartico pequeño, sin garantía de entrar al país. No estaban en la lista que envió la embajada en Caracas, decían, y eso incluía al abridor Néstor Molina, al utility Yonathan Mendoza y al relevista Luis Lugo.

Todos llegaron al hotel, finalmente. Y comenzaron a aparecer aficionados con camisetas de los países participantes. Pero la Serie del Caribe es, todavía, una noticia de páginas interiores. Al menos, mientras se espera el debut del equipo local.

Columna publicada en El Nacional, en su edición digital del martes 5 de febrero de 2019. No pudo circular en papel debido a las restricciones que sufre la prensa venezolana.

 

El Emergente 4

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