La aventura de la final

Quieto en primera
Por Alfredo Villasmil Franceschi
SANTIAGO,-Llegar al estadio Cibao, entrar, respirar el ambiente es una aventura. La gente se agolpa en la entrada desde siempre, como si no hubieran más días. La entrada del parque, con su A gigante, va recontando cada uno de los 20 campeonatos obtenidos por las Águilas Cibaeñas. Al lado derecho de una de las puertas, una estatua del Águila Real es tapada por dos mujeres, quienes esperan a sus parejas para ingresar al abigarrado estadio.

En el cierre del tercer inning se ven algunos huecos en las gradas de la derecha e izquierda. Poco a poco se van a llenar y si no se llenan con gente, por aquello del precio de las entradas en el mercado negro, ya el mismo recuerdo de aquellos que algún día estuvieron dejan presente su estampa invisible en este aposento.
El color amarillo predomina en las tribunas, el merengue retumba en las bocinas del coso santiaguero, la morena de cinturas anchas se contornea al son de la güira y la tambora. “La leña taquí”, se deja colar por las parlante del parque de pelota.
Hay muchos que están pendientes de los guerreros que se baten en dura lid. Otros, más osados, han tomado el recinto como excusa para socializar con amigos y amigas. Si no es en este parque muchos, inclusive, nunca hubiesen conocido amigos. En el Caribe no hay mejor lugar para cosechar amistades que un parque de pelota.
El silencio en el palco de la prensa es grande. Está perdiendo el equipo de la casa. Algunos estiman acabado el juego en el 2º episodio. Cuatro carreras, estiman, es una ventaja irremontable. Pasan los minutos, la pluma se desboca, las letras del ensayo se vierten solas. La columna corre, va y viene. Toma la forma literaria de crónica furtiva.
Sea como sea, el miércoles hay que jugar en el Quisqueya Juan Marichal. Mañana hay juego, sea como sea. Y eso es motivo de alegría, porque mientras haya juegos, y una excusa para ir al play, la semana seguirá siendo de siete domingos, porque el béisbol se juega todos los días. Es como el sol.
Esa es la razón por la cual queremos tomárnosla a cuentagotas. Poco a poco, despacito. Se está acabando el elixir caribeño y para degustar de las hazañas norteñas tendremos un hiato grande, de casi seis meses, con un entremés que nos ayudará un poco, cual crema tópica en una herida purulenta, a calmar las angustias de la falta de béisbol.
Sigue el partido, se siente la alegría en el estadio Cibao. Se baila el merengue, se toma cerveza, de goza, como sea. Aún hay pelota. Eso es lo que importa.
Listo, se acabó el juego.
Avf024@gmail.com
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